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lunes, 01 diciembre 2008 @ 08:19 CLST
   

Santiago

LetrasEl texto es de mi amiga Azul.

* * * * * * *

Santiago era un corazón cubierto de plumas verdes como la esperanza de volar algún día en vientos de libertad.
Tan estrecha era su cárcel que a duras penas si podía extender sus alas. Tan pequeña que cada uno de sus movimientos era dolor de alma.

-¿Por qué no lo dejan salir?
Pregunté, tratando de que no se me quebrara la voz.
-Él sería feliz con todos esos árboles que hay en el jardín.
-No hay que tenerle lástima. Este pajarraco es agresivo. Nadie lo puede tocar.
Respondió el vigilante del lugar y dio media vuelta. Al parecer, esa explicación le bastaba a toda la gente. Claro, el ave tenía que dejarse manosear al antojo de los visitantes. Era un adorno. ¿Me costaba entenderlo? La verdad es que no podía aceptarlo.
-Tal vez si lo dejan salir no esté de malhumor.
El vigilante esbozó una sonrisita.
-No se engañe, ese animal es cosa seria.
Respiré hondo y miré dentro de la jaulita. Había gajos de lima y granos de girasol.
-A lo mejor tiene sed. ¿No le dan agua?
-No, para eso está la fruta.
-¿Cómo se llama?
-Santiago.
Hubiera sido el colmo si no tuviese nombre.
Puse una mano cerca de la prisión.
-Tenga cuidado.
-No me va a hacer nada.
-Muerde, le puede arrancar un dedo.
-No se preocupe, ya va a ver que no me hace nada.
-Hum...
¿Tenía que escandalizarme y mencionar a todos los santos?
En realidad pasé toda la tarde hablándole a Santiago. No sentí temor. Algo dentro de mí me decía que él sabía...
Sí, sabía reconocer el amor.


Emitía sonidos, silbaba, decía hola. Rodeaba cada uno de mis dedos con sus garras, suavemente, sin lastimarme y se dejaba acariciar.
-Santiaguito, mañana me voy de regreso a mi país. ¿Cuándo te vuelvo a ver? ¿Nos tomamos una foto juntos?
Pedí el favor al vigilante que no paraba de decir que estaba consintiendo demasiado a Santiago.
Mi nuevo amigo pegó su cabecita a la mía, comprendiendo que aquella foto iba a inmortalizar nuestro encuentro.
Una lágrima surcó mi rostro. Faltaban aún varias horas para que me despidiera de él pero ya pensaba en el adiós y cada minuto que compartíamos me era agridulce.
-¿Sabes qué, Santiaguito? Nunca pero nunca te voy a olvidar. Te lo estoy diciendo muy en serio. Puede que no nos volvamos a ver pero te juro que la gente sabrá que eres bueno y pediré que te traten bien.
Se bebió mi lágrima.
-Te traigo agua.
Miré al vigilante mientras Santiago apaciguaba su sed con desesperación.
-Tienen que darle agua.
Fui a buscar la naranja más bonita para dársela.
-¿Quieres que me coma la mitad?
Pregunté al ver que me devolvía uno de cada dos gajitos y terminamos compartiendo. Le conté el cuento de la caperucita roja pero agregué que me molestaba la «maldad» del lobo.
-Si yo hubiera escrito el cuento, no pondría a ningún lobo como el malo.
El sol empezaba a ocultarse y mis padres me dijeron que saldríamos a caminar.
-Santiaguito...
-Cuando regrese del paseo ya estará durmiendo.
-¿Dónde duerme?
-En ese cuartito.
-Mañana me voy a despedir de él. ¿A qué hora se levanta?
-A las seis.
-Vendré puntual.
Respiré hondo y cogí una larga pluma verdeazul que Santiago me estaba regalando.
Durante el paseo estuve tramando algo. Me llevé un cuchillo del restaurante en donde cenamos. Afortunadamente mi bolso era grande y podía ocultarlo sin problemas.
A medianoche, salí al jardín. Nadie estaba mirando. El vigilante se encontraba a la entrada, charlando con dos mujeres.
Abrí la puerta del cuartito con el cuchillo. Allí estaba Santiago.
-No hagas ruido, amiguito, que vengo a liberarte. Tu vida es tuya y de todas formas, acá no te saben querer. Nadie llorará por tu ausencia. Prométeme algo. Volverás mañana a las siete y así podré verte por última vez. No, mejor no. Te van a atrapar. No vengas. Vete a buscar a tus compañeros y recuerda que nunca pero nunca te voy a olvidar.

Que seas muy feliz, que tengas una larga vida.
Murmuré mientras alzaba el vuelo.

A la mañana siguiente dije que prefería irme cuanto antes.
-¿No te vas a despedir del pajarito?
-No, mamá, no puedo.
Me volví para ocultar mi llanto.
No sé si alguien sospechó de mí pero al salir del lugar las lágrimas no morían en mi boca, se adherían a mi pecho y mojaban mis manos. Me juré por lo más sagrado jamás olvidar que con amor se hace lo que la ignorancia deshace.

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