El Silencio de una Mujer

El Silencio de una Mujer

Hace algún tiempo comprendí qué quería decir la palabra secreto. Ese día supe que con ella vive la agonía. Vivir en agonía por un secreto es aterrador; amar en secreto muchas veces es común y morir en secreto… es la vida de un infeliz.

Cierto día iba con mi mejor amiga de paseo. Hablamos de todo aquello de lo que hablan las mejores amigas: de compras, artículos de belleza, descuentos y rebajas, de otras amigas y de chicos. Después de algunas risas sonoras llegó su novio, que es también mi mejor amigo. Es decir, mi mejor amiga es novia de mi mejor amigo. Una situación poco común, y para mí no era tan fácil pues se esperaba que los apoyara a los dos. Cuando ocurrían discusiones entre ellos, acudían a mí como amiga para desahogar la rabia o la tristeza. Me decían: «Es que él (o ella) tuvo la culpa por esto y esto», entonces yo respondía: «Yo no sé, no sé». Pero cuando la situación era más difícil me quedaba callada sin hacer nada.

Recuerdo que ese día por la tarde fuimos a ver una película; éramos un grupo numeroso pues habíamos quedado de acuerdo. Posteriormente, comimos helados y nos fuimos a casa de otro amigo donde compartimos algunas bebidas y bocadillos. Ya había pasado la media noche cuando cada uno se fue retirando. Mi mejor amigo tenía auto y se comprometió a llevarme a mi casa. En el camino ellos empezaron a discutir sobre una situación poco grata entre ellos; yo guardaba silencio, pero sabía que esto podría llegar a ser un problema importante. Me sentí fuera de lugar, pensé que si querían discutir lo mejor hubiera sido cuando yo no estuviera, pero me di cuenta de que por un momento se habían olvidado de ese pequeño detalle: yo estaba ahí. Y tal como lo temía, llegó el problema.

Mi silencio se hizo mucho mayor y desvié mi mirada, sólo pensaba: «Ojalá lleguemos rápido, quiero salir de aquí». El paisaje iba rotando por cada ventana, me dispuse a ojear lo que aparecía por el lado izquierdo mientras mantenía mi mente ocupada tarareando alguna canción. Fue entonces cuando sentí una mirada, pero aún así seguí con la vista clavada en la ventana. Mi amigo había mirado por su retrovisor y al verme recordó que no estaban solos. Seguro le hizo alguna seña a mi amiga pues cambió la conversación tan rápido que fue muy obvio, por suerte ya casi llegábamos. Al bajar me despedí de ellos como si nada, como si no hubiera escuchado nada o como si no hubiera estado allí, les dije que les vería al día siguiente y me despedí.

Entré a la casa dando gracias por haber dejado aquel problema atrás, pero presentí que pronto sabría las consecuencias de aquella discusión. Aunque no hice ruido alguno igual mi madre me salió al paso.

–Ya llegaste.
–Sí. Pensé que ya estarías dormida.
–Tú sabes que yo no duermo hasta que llegas cuando sales con tus amiguitos–, su voz era firme, sonaba a reproche. Luego me dio la espalda y se fue a dormir.

Yo estaba exhausta, pero había sido un día genial. El único detalle fue la escena del auto. «Ya se les pasará», pensé. Y me fui a dormir.

Al día siguiente me desperté a eso de las nueve de la mañana. Me duché; tomé la toalla para secarme y me fui hacia el espejo. Por un instante me perdí en las palabras de aquella conversación en la noche anterior; las frases aún retumbaban en mis oídos.

«¡Vamos! Deja de pensar en aquello, no es tu problema así que no lo tomes como algo personal. Tú eres sólo un puente, ayudas a los demás a descargarse hablando de sus problemas, pero no te quedas con ellos: las palabras pasan por ti, pero no se quedan contigo », me dije a mí misma.

Había quedado de encontrarme con los chicos aquel día, sin embargo, mi madre me obligó a irme con ella a casa de la abuela para ayudarle. Volví en la noche y me dispuse a ojear un par de libros que debía revisar cuando sonó el teléfono de la casa. Mi mamá contestó y pidió que esperaran en línea, luego llegó a mi habitación y me dijo que Mariana, mi mejor amiga, me llamaba y en ese preciso momento el celular comenzó a sonar por la llamada de Pablo, mi mejor amigo. Ahí tuve un mal presentimiento. Contesté el celular y le pedí a Pablo llamar más tarde mientras me dirigía al teléfono de la casa. Tomé la llamada de Mariana y durante un buen rato estuvimos hablando. Cuando terminé de hablar con ella le envié un mensaje a Pablo diciéndole que ya me había desocupado; me llamó más tarde y hablé con él, quedamos en encontrarnos en su apartamento el día siguiente para hablar mejor.

Llegué a eso de las dos de la tarde. Sus padres no estaban en casa. Nos quedamos en la sala y me ofreció un vaso de refresco, conversamos algunas cosas triviales y luego se disculpó por la conversación en el auto. Le dije que descuidara, y que las cosas con Mariana se iban a solucionar como siempre había sido.

–No lo creo, por lo menos no será tan fácil–, me dijo un poco tenso.

Traté de decir algo, pero en seguida él empezó a hablar.

–Te he dicho en par de oportunidades que las cosas no han estado bien con Mariana–, prosiguió. –Hemos peleado por muchas cosas, hasta por cuestiones tontas. De verdad no sé qué le pasa, últimamente me evade mucho y estamos distanciados. Noté el peligro de esa lejanía y he tratado, te juro que he tratado, de remediarlo. He sido sincero, detallista y tú sabes que la respeto mucho, y aunque me duela decirlo pienso que nos estamos alejando porque ella ya no me quiere, y al contrario yo sí le quiero mucho.

Quise hablar, pero su celular sonó; él contestó y era ella. Su rostro cambió bastante, y su ánimo también. Se levantó y se fue a la cocina, desde la sala sólo escuchaba murmullos y así fue durante unos minutos. Me levanté de mi asiento y tomé de la pequeña biblioteca algunas revistas. De reojo pude ver que Pablo salía sigiloso de la cocina rumbo a su habitación; pensé que iba buscar algo, pero la puerta sonó muy fuerte cuando la cerró. Mi curiosidad aumentó, pero seguí como si nada. En eso mi celular vibra por un mensaje de texto, era Mariana que me pedía verle cuanto antes para salir y hablar un poco, además me informaba que había llamado a Pablo por teléfono y había terminado con él.

«¡Con razón!».

Pablo estaba molesto; pensé que era mejor retirarme, pero no sin antes avisarle. Me acerqué tanto como pude a la puerta y le dije:

–Pablo, debo irme pero si quieres paso más tarde, nos vemos luego.

Comencé a caminar rumbo a la salida y sentí que se abrió la puerta de la habitación. Fue entonces cuando me dijo:

–No te vayas, por favor.

Me volteé en esa dirección, él venía caminando hacia mí y en sus ojos podía ver una profunda tristeza y rabia. Se acercó y me abrazó susurrando:

–Ella me dejó. Me dijo que no me quiere.

Por un instante, no supe qué hacer.

Muchas mujeres piensan que los hombres en realidad no se enamoran, otras que sí lo hacen por poco tiempo, y otras como mi amiga Josefina que bromea diciendo: «Lo que sucede con los hombres es que tienen un corazón tan pero tan grande que piensan que sería muy egoísta que fuera para una sola mujer, por eso pueden amar a muchas mujeres al mismo tiempo: ¡hay para todas!». Al hombre le suelen gustar muchas chicas, y tener muchas más aventuras en su vida, pero siempre habrá una mujer que le moverá el mundo entero y ante la cual se arrodillaría si se lo pidiera. Es aquella que le da en el mero centro de la mitad del medio del corazón, a la que le perdonaría todo, le daría todo y le consentiría todo.

Nos sentamos de nuevo, no sin antes verle tomar un par de botellas del refrigerador. Me ofreció y le dije que no, destapó una y se la tomó toda de un solo sorbo. Su cabeza yacía baja, puso sus manos sobre ella mientras miraba el piso. Aunque no podía verle el rostro sabía que sollozaba, luego en un movimiento brusco cambió su posición y se quedó mirando al techo. Ahí fue cuando le vi una lágrima recorriendo su mejilla. Quedé inerte pues nunca pensé ver a Pablo llorar, nunca había visto llorar a un hombre.

Me dolió verlo así. Antes yo tenía una imagen más indestructible de él, pero ahora lo miraba tan humano como era. Lo veía tan desprotegido, tan frágil. Hubiera hecho lo que fuera para protegerlo.

Y llegó la pregunta que más había temido que me hiciera, pero que sabía llegaría.

–Tú eres su mejor amiga, entonces dime por qué. ¿Por qué esta decisión? ¿Cuál es la causa de que me haya dejado de querer?

Me miró fijamente como si buscara una respuesta en el fondo de mis ojos. Una respuesta real, pues no consentiría una mentira y mucho menos viniendo de su mejor amiga.

«¿Por qué me hace esto? Se aprovecha de mi condición de amiga de Mariana y su propia amiga para tratar de interrogarme», pensé.

Permanecí tan inmutable como pude, pero no aguanté su mirada y moví mis ojos hacía un cuadro artístico que estaba en la pared.

–No sé.

Eso le respondí, pero sí sabía la razón. En la vida puedes tener muchas amigas o amigos, pero hay cosas que sólo le dices a una selección muy rigurosa de ellos. En el caso de Mariana, ella me confiaba todo lo referente a su relación con Pablo.

Yo era amiga de Pablo, pero no era razón suficiente para traicionar a otra amiga. Supe que era el momento de callar por ella, así como una vez callé por él.

Ya habían pasado varios meses desde aquella ocasión. Para ese entonces Pablo había invitado a otra chica a salir en varias oportunidades en condición de “amiga”, pero yo sabía que era algo más aunque no fuera serio.

Un día yo estaba acompañando a mi amiga cuando recibió un mensaje de texto de Pablo, él le decía que nos esperaba en la heladería de un conocido centro comercial; no tardamos mucho en llegar. Durante un buen rato estuvimos conversando, en un instante dado me fijé en los ojos de Pablo y fue cuando me di cuenta que cambiaba mucho de dirección mientras Mariana relataba una experiencia. Así que, cuando volvió a mirar, seguí la línea imaginaria que trazaba el trayecto de sus ojos, para mi sorpresa en una mesa relativamente cercana estaba aquella chica mirándole. Volví la mirada hacia mi helado de chocolate, y pensé en que si yo me di cuenta, Mariana no tardaría mucho en hacerlo también. Y efectivamente, cuando la mire ella hacía lo mismo que yo había hecho antes: seguir el trayecto de sus ojos. Mientras Pablo hablaba, ella cambió la expresión de su rostro. Me miró y supe qué era lo que pensaba en ese momento. He allí una cualidad distinguible entre amigos: hablar con la mirada. Ella se levantó de su asiento y me pidió acompañarla al baño, me fui con ella. Comenzó a retocarse el maquillaje, me miró a través del espejo y sin ninguna anestesia me preguntó:

–¿Quién es ella? La mira como si la conociera desde hace mucho, y además se gustan. Tú eres su mejor amiga debes saberlo.

«Por qué no me tragara la tierra mejor», pensé.

Si contestaba, lo traicionaba. Si no contestaba, la traicionaba. Si mentía, me traicionaba. Entonces contesté:

–No sé.

En aquella oportunidad hablé con Pablo de las sospechas de Mariana, le dije que tuviera cuidado de perderla por algo que realmente no significaba nada para él. Asimismo, en las circunstancias actuales, haría lo mismo con ella y le pediría fuera más clara con Pablo del por qué de aquel rompimiento, y sobre lo mal que estuvo haber actuado a través de un teléfono.

Pero en ese momento no sabía qué decirle a Pablo en modo de consuelo. ¿Qué le dices a alguien querido cuando su ex lo deja? ¿Que comprenda que no le conviene? ¿Que es demasiado para ella? Imposible porque estaría hablando de mi mejor amiga, y si fuera al revés se trataría de mi mejor amigo. O sea no podía decir nada.

Un rato más tarde le dije que debía irme, él asintió. Comencé a caminar rumbo a la puerta, de repente comenzó a hablarme.

–¿Sabes qué es triste en la amistad? Que uno crea que sus mejores amigos son sinceros, y no te esconden nada. Que creas en ellos ciegamente, y que cuando más los necesitas te den la espalda.

Esas palabras fueron como una puñalada a traición y muerte. Me dolió haber oído aquello. Hubiera deseado nunca escucharlo, aunque era mejor ser claros. Sabía que se había dado cuenta que le ocultaba algo cuando interrumpí mi mirada al preguntarme qué sabía sobre la causa del rompimiento. Permanecí de espaldas, lo conocía lo suficiente para saber que aquello no era un simple comentario. Desde ese momento las cosas cambiarían por su parte y por la mía.

–No es lo único–, le respondí. –También es triste que tus amigos usen la amistad para su propio beneficio, para exigirte que seas de cierta forma, para obligarte a traicionar a otros que han confiado en ti, para interrogarte… porque resulta que si no eres capaz de responderles entonces eres una hipócrita.

–Si no eres capaz de respetar el hecho de ser sincera conmigo, ante cualquier situación, entonces no eres digna de hacerte llamar mi mejor amiga–, fue su ultimátum.

–Me criticas ahora porque no pude responder a una pregunta que no me corresponde contestar a mí, pero antes me agradecías que no le dijera nada a Mariana de aquella otra chica cuando me pregunto y le negué saber algo. Ella también se dio cuenta de que me tragaba alguna cosa e hizo lo mismo que haces tú ahora, con la única diferencia de que su reproche no fue tan inclemente como el tuyo. Sus problemas de parejas son de ustedes, entonces por qué involucrarme. No pones en tela de juicio mi amistad por no haberte ayudado cuando lo necesitabas, la pones porque he sido incapaz de confirmar una sospecha tuya. Como amiga les he sido leal no me importa lo que pienses. El problema aquí no es conmigo, y si no soy digna de llamarme tu mejor amiga, sencillamente no lo vuelvas a decir. Adiós.

Salí tan rápido como pude. Tenía el pecho apretado, y muchas ganas de llorar por la rabia y la impotencia.

Me quedé caminando por ahí y acudí a un parque cercano; iba siempre para estudiar o leer, pero ahora lo hacía por la necesidad de estar sola. Me senté debajo de un gran árbol mientras la brisa me susurraba que todo estaría bien. Luego escuché una voz masculina.

–Buenas tardes, señorita. Disculpe, estoy perdido. ¿Me podría decir dónde encuentro esta calle? Es que vine con algunos amigos, pero los perdí y no sé cómo regresar a la casa donde me estoy hospedando.

Como pude sequé mis lágrimas rápidamente, y traté de ayudarlo. Él se dio cuenta de que yo no estaba bien y me lo preguntó. Le dije que estaba bien porque eso hacemos cuando estamos mal. Se tomó la libertad de sentarse a mi lado y se quedó mirando al horizonte. La brisa soplaba apacible mientras yo miraba el piso y aquel hombre sonreía con el atardecer.

–Lamento que en esta linda tarde un sufrimiento tan grande te acompañe, pequeña. Lo que hay dentro de tus ojos es unas inmensas ganas de gritarle al mundo algunas verdades, puedo sentir tu impotencia. El silencio parece ser una gran cualidad en ti, pero es aterrador vivir muriendo en secreto.

En ese momento me puse a llorar.

–Seguramente muchas veces has sido una ambulancia para mucha gente, pero ¿y tú? ¿Dónde está tu ambulancia ahora? Dicen que a veces somos instrumentos de los ángeles, que tu ángel se comunica contigo a través de otras personas. Yo sólo sé que tus ojos piden a gritos que alguien los escuche. Sé que soy un extraño, pero estoy dispuesto a escucharte. A veces necesitamos de alguien que no nos conozca para poder desahogarnos; no sabes mi nombre, no sabré el tuyo y mañana me iré de esta ciudad, así que tu silencio no será roto para mal de nadie pues nadie que te conozca te escuchará. Tú has sido un puente de desahogo para algunos, y yo seré el tuyo si me lo permites.

Él era un adulto, seguramente con la misma edad que mi padre. Podía sentir que era una buena persona. Era cierto, si hablaba no perdía nada puesto que aquel extraño no lo vería jamás después de aquella tarde. Hice ademán de decir algo, pero las palabras no me salían. En años no había roto mi silencio. Tenía amigas, pero incluso ellas no sabían muchas cosas porque hay cosas que puedes decir, y otras que inexorablemente debes callar. Me esforcé en soltar la primera palabra, necesitaba desahogarme porque sentía que el corazón me iba a explotar. Le conté sobre mis mejores amigos, lo que había callado, y me sentí un poco más tranquila.

–No es eso lo que más te afectó, ¿verdad?

No pude mantener la mirada. Estaba a punto de hacerme decir lo que me había negado por tanto tiempo.

–Quita tu rol de amiga, y contesta la pregunta como la mujer que eres.

–Cuando… –, tomé un poco de aire. –Cuando lo vi sufriendo por ella se me destrozó el alma, por un segundo la odié porque él era demasiado bueno para estar así. Quería defenderlo, y me sentía impotente por no poder hacerlo. Me di cuenta que le tenía un cariño muy grande, que contribuiría en lo que pudiera para verlo feliz, pero para eso él la necesitaba a ella y ella ya no podía estar con él. Quise abrazarlo, consolarlo y decirle que allí estaba yo para apoyarle, que contaba conmigo… pero, de repente, la represa que hacía mucho había construido, para contener mis sentimientos, se desbordó. Me comenzó a sudar las manos, el corazón se me aceleró y me dolía el pecho, entonces acepté esa gran verdad… yo lo quería. Lo quería como hombre.

Ya no hubo más lágrimas, y todo el peso que había sentido se alejaba de mí. Al hablar pude liberarme de mis propios monstruos, y visualizar mejor las cosas. Ese extraño me dio la oportunidad de hablar sobre mí y mi sentir, una oportunidad que no había tenido en muchos años.

Le conté que me había acostumbrado a ver a Pablo con Mariana, pero que a veces volteaba la mirada cuando él le hacía cariño, o cuando jugaba con sus cuadernos y le escribía “te quiero” en todas las páginas… yo quería estar en su lugar. Sin embargo, cuando lo veía con otra chica me atacaban unos celos terribles. Todo lo aprendí a disimular y nadie se dio cuenta nunca, ni siquiera mi amiga a pesar de ser tan perceptiva e intuitiva. Viví en un agobio constante pensando en la posibilidad de que todo se descubriera, me sentí como una traidora pues había roto la regla de oro entre amigas: «Los novios de mis amigas son otras “mujeres” para mí». Es decir, por ningún motivo te podía gustar alguno, eso estaba prohibido.

Cuando terminé de hablar ya estaba aliviada, y me sonreí. Él también sonrió y se puso de pie.

–Bueno ha sido un placer hablar contigo, pequeña. Ahora debo irme, pero espero las cosas sigan mejorando para ti. Hasta pronto.

–Gracias, muchas gracias– le grité antes de que se alejara.

Cuando regresé a casa me sentía contenta y agradecida por el simple hecho de estar viva. Al entrar me di cuenta que Carlos, un ex-compañero de clases, estaba en la sala esperándome. Sonrió al verme y correspondí su gesto. Había venido a invitarme al cine, trató de contactarme por celular, pero lo tenía apagado desde que salí del apartamento de Pablo. Me duché y me arreglé, luego nos fuimos. Después de la película caminamos por el parque. Fue una hermosa noche.

En días siguientes, todo el grupo de amigos quedamos en salir juntos de nuevo y nuestro punto de encuentro sería un restaurante. Los muchachos no conocían muy bien a Carlos, así que aproveché para invitarlo a la reunión. Allí estaban Mariana y Pablo, pero cada cual por su lado aunque él trató de acercarse toda la noche. Mariana seguía como siempre en su trato conmigo y me estuvo contando sobre su nuevo pretendiente; estuvimos entre risas contándonos muchas cosas que no habíamos tenido oportunidad de conversar. En tanto a Pablo… pues seguía hablándome, pero ahora como al resto del mundo sin ningún trato especial; pasé de ser amiga a una simple conocida.

A pesar de ello, fue una noche muy divertida. Y de repente, las chicas comenzaron a tener miradas cómplices conmigo.

–Se ve que está muy interesado en ti–, me dijo Camila.

Mariana asintió.

–¿Quién?–, les pregunté un poco sorprendida y confundida.

–¡Quién más!–, me contestaron al unísono. –Tu amigo, Carlos.

«¿Qué dicen? ¿Carlos? ¿En mí? ¡Qué inventos!», pensé.

Parecía imposible… aunque alguna vez pudo haber sido. No puedo negar que cuando lo conocí me había gustado, y pues yo tampoco le era totalmente indiferente. En ese entonces ya teníamos pareja y la lealtad era importante. Pero eso había sido hace mucho tiempo atrás.

«Pero ahora estamos solos… ¡Qué tonterías! No puede ser, están todos viendo cosas dónde no las hay», me dije a mí misma.

Encendí mi percepción femenina después de aquella conversación, por la curiosidad de saber si era cierto lo que ellas decían, y me tomó poco tiempo en darme cuenta que mis amigas no estaban equivocadas. Por un momento, me perdí entre mis pensamientos, mientras él me hablaba sobre un montón de cosas, y me quedé mirando a Pablo que se visualizaba por encima de su hombro. Todo el tiempo había sabido que Pablo jamás se fijaría en mí de otra forma, que sólo era su amiga y ahí estaba hablando con los chicos metido en su mundo donde yo no entraría como mujer. Sin querer me equivoqué, confundí los sentimientos. Por suerte, nadie se enteraría de lo que callaba… mi ilusión. Comprendí que el sentimiento desinteresado que sentía había sido muy bonito, pero que era hora de darme la oportunidad de vivir, de sentir nuevamente. Un rato más tarde concluyó aquel encuentro y cada quien empezó a irse.

–Gracias–, le dije a Carlos mientras íbamos rumbo al auto.

–De nada, pero ¿por qué?

–Por el simple hecho de estar aquí.

Él me llevó de regreso a casa. Me acompañó hasta la puerta, y hablamos un rato más. Luego tomó mi mano como un gesto de despedida, pero me di cuenta que estaba temblando. Cuando lo volví a mirar tenía sus ojos fijos en los míos. Se acercó para darme un beso en la mejilla, pero en el espacio entre la mejilla y la boca ahí se detuvo. Podía sentir entonces su rostro rozando con el mío, y su aliento muy cerca de mis labios. Por instinto, terminamos de alinear nuestras bocas y fue cuando me besó. Después sonreímos y él se fue, no sin antes prometer llamar por la mañana.

Entré a la casa y me fui directo a mi habitación. Antes de dormir, recuerdo haberme sentado en la cama y poner contra mi pecho la almohada. Durante algún tiempo me quedé pensando en todo lo que había pasado las últimas semanas.

«El universo siempre está en equilibrio, así como te quita… te da», eso fue lo que me dije.

Sabía que mi amistad con Pablo había pasado de “es” a “ex”. Ahora me trataba como: “Hola, que tal, ya sé que no cuento contigo, pero que estés bien” o una cosa así. Yo actúe siempre de la mejor forma que pude con él y con ella, no me consideré a mi misma y de allí comprendí lo duro que puede llegar a ser el silencio.

Todo esto forma parte ahora de lo que inevitablemente se debe callar, por eso no se lo diré a nadie, no lo escribiré y, por siempre, lo guardaré aquí:

en el fondo de mi ser,
donde yace:
el silencio de una mujer…

Waldylei Yépez

 

Datos del archivo:

014.El silencio de una mujer.Colección Mi respuesta.Waldylei Yépez.docx
26/01/2007 03:17 p.m.
16/02/2007 11:53 p.m.
18/02/2007 09:56 p.m.
19/02/2007 05:13 p.m. – 06:11 p.m.
20/02/2007 03:56 p.m. – 04:56 p.m.

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