Mi Maestra y su Discípula
–¡Yo he hecho todo solo! ¡A mí nadie me ha ayudado en nada!
Escuché que alguien dijo a gritos y por el susto di un pequeño salto. Iba por la calle rumbo al lugar donde trabajaba cuando aquel chico salió furioso de su casa.
«¿Será cierto que podemos hacer algo a pesar de que nunca nadie nos dé una mano?». Me quedé reflexionando, pero como todo pensamiento es por un momento al llegar a mi destino se diluyó.
Mi madre era quien trabajaba en aquella casa, pero varias veces tuve que sustituirla. La señora Emilia se opuso porque era aún una chiquilla, pero le expliqué la necesidad y mi voluntad de trabajo. No muy convencida me dejó trabajar una semana pensando que no volvería, pero para su sorpresa siempre regresaba.
Ella era una señora muy elegante. Blanca con ojos color café, cabellos cortos dorados y una sonrisa cálida. Yo imaginaba que ella era como mi abuelita. Tenía dos hijos que no vivían con ella, pero que siempre estaban al pendiente.
La casa tenía una gran biblioteca con muchos libros. Ella le llamaba: “El Baúl del Conocimiento”. Pocas veces me dejaba entrar allí, y sólo cuando ella estaba presente. Era muy celosa con sus reliquias.
Un par de años más tarde vino una joven a la casa. Habló con la dueña un buen rato. Al despedirse le dijo:
–Hasta luego, Maestra–, y se marchó.
«¿Maestra?» pensé. No sabía que era una maestra, pero debí suponerlo por todo cuanto leía y estudiaba.
Ése mismo día mi madre se reincorporaba a su trabajo. Me despedí de la señora Emilia y agradecí el tiempo que me dejó trabajar allí. Lamentaba aquello, por alguna razón le había tomado cariño a aquella mujer.
Algunos días después me encontraba leyendo unos libros cuando llegó mi madre de la casa de la “abuelita” Emilia. Como siempre la recibí y pregunté cómo había estado su día.
–Todo estuvo bien. Por cierto, la señora Emilia desea limpiar cuanto antes la biblioteca y quiere que la ayudes si puedes. Va recibir una alumna nueva pronto.
–¿Sabes mami? Trabajé todo este tiempo y nunca supe que era maestra.
–No es cualquier maestra. Ella sabe muchísimas cosas, es súper inteligente. Lo que pasa es que es muy reservada.
A la mañana siguiente llegué puntual a la casa para ayudar con la limpieza. Quitamos todo el polvo de los libros. Además, limpié muy bien los instrumentos musicales que tenía allí, entre ellos el piano que me encantaba ver.
–Eres muy reservada–, me dijo.
Asentí.
–Has trabajado mucho tiempo aquí, y poco sé de ti. No hemos tenido ninguna conversación informal.
Volví asentir.
–¡Niña acaso te comieron la lengua los ratones!–, y soltó una carcajada.
Yo también reí.
–Disculpe señora es que nunca he sabido qué decir, entonces espero a que mejor sea usted quien hable.
Continué limpiando algunos adornos de la mesita.
–¿A qué te dedicas? A parte de ayudar a tu mamá.
–Estudio, leo libros y escribo.
–¡Oh! ¡Tenemos una escritora por aquí! ¿Y qué edad tienes ahora pequeña?
–Tengo quince años.
–Bien. ¿Sabes? La chica que viene mañana tiene cinco o seis años más que tú, es mi nueva alumna. La viste anteriormente porque tú la recibiste. Comenzaremos las clases, pero necesitaré ayuda para realizar algunas transcripciones, buscar las tareas que le voy a poner, entre otras cosas. Me gustaría saber si me puedes ayudar.
Me alegré mucho al escuchar aquello. Mi madre había dicho que ella era muy inteligente, quizás podría aprender algo.
–¡Claro que sí!
Estaba muy contenta con la oportunidad. Pensaba que si me dejaba estar en las clases, yo prestaría mucha atención para aprender con ella.
Llegó el día. Eran las 9 de la mañana, cuando la señora entró con su alumna a la biblioteca. Yo tenía todo listo, limpio y ordenado.
Cada una se sentó en su respectivo puesto, pero hubo algo en aquella chica que no me gustó. La señora se quedó mirándome. Pensé que me diría que me sentara, pero al contrario me dijo que me podía retirar. Aquello fue como un balde de agua fría porque no me podía quedar a escuchar la clase.
Pasaron muchos meses, y no pude asistir a ninguna clase completa. Sin embargo, sí pude escuchar algunas enseñanzas de historia, filosofía e incluso pequeñas instrucciones de cómo tocar el piano y algunas de las canciones que más le agradaban a la señora Emilia. Por otra parte, aproveché el tiempo al máximo y leía libros cuando ni la alumna o maestra se encontraban en casa. Así mejoré las técnicas para escribir, y leí algunos clásicos. Cuando la señora Emilia se iba a casa de su hermana, y yo sabía que regresaba tarde, me ponía a practicar con el piano que era el instrumento que más me gustaba. Ella nunca me había prohibido entrar a la biblioteca o leer los libros, sin embargo, yo no le dije que lo hacía cuando ella no estaba.
Algún tiempo después la joven alumna comenzó a dar problemas, y la señora Emilia la regañaba más constantemente porque se estaba atrasando en sus clases.
Hasta que un día, sin querer, escuché una discusión entre ellas. Aquella alumna le expresaba que ella estaba muy vieja ya, se preguntaba qué más podría enseñarle, decía que había perdido su tiempo allí entre esa decena de libros pasados de moda. Aquello me hizo enojar de tal manera que entré bruscamente, y sin pensar en ninguna consecuencia la miré fijamente y le dije que se marchara de inmediato. Me miró con desprecio. Tomó su bolso y salió de la casa.
Me quedé mirando a la señora, pero ella no dijo nada. Estaba muy decepcionada. Se quedó mirando unos bocetos de su alumna que estaban sobre la mesa. Siempre pensé que esas clases eran pagadas, pero días después supe que la señora Emilia no cobraba por enseñar. Su lema siempre fue: “El conocimiento es para todos. Éste es la verdad, y la verdad no se vende”.
Después de esto la señora Emilia se alejó de su biblioteca, y empezó a dedicarle más tiempo a su hermana.
Un día salió a casa de una amiga, y como siempre que iba se tardaba en regresar pensé que podría aprovechar para practicar en el piano una melodía titulada: “Confesiones a Piano” cuya autoría era de ella. Cuando se fue, yo comencé mi práctica, y estaba tan entretenida que perdí la noción del tiempo.
En un momento dado me quedé inmóvil al mirar hacia la puerta. Me levanté rápidamente de mi asiento y di un paso hacia atrás. Allí estaba ella con los brazos cruzados, y su cuerpo medio recostado a la puerta. No sabía cuánto tiempo tenía allí, y tampoco sabía qué hacer. Bajé mi mirada como señal de respeto y arrepentimiento.
–¿Qué haces aquí?
–Señora, yo… yo he venido a practicar.
–¿Te di permiso para usar el piano? ¿Desde cuándo entras aquí sin decirme?
No quería responder.
–Estoy esperando una respuesta.
–He entrado aquí a estudiar desde que me dio trabajo, y practicaba el piano cada vez que sabía que llegaría tarde.
–Abusaste de mi confianza. Debiste decirme y pedir permiso.
Asentí. Estaba avergonzada.
–Puedes irte a tu casa.
«Sí, Maestra», respondí mentalmente.
Ella volteó a verme extrañada como si me hubiera escuchado. Entendí que estaba molesta así que me fui inmediatamente.
Podía comprenderla. Era una defensora de las normas y las reglas. Sé que debí pedirle permiso, pero no lo hice porque pensé que me iba a cobrar y no tendría para pagarle.
No quería irme sin explicar lo ocurrido. Volví a la biblioteca y la encontré junto al piano. Me disculpé por volver, y le expliqué mi sueño de tocar el instrumento. Que algún día quería escribir un libro y ser instruida. Después de eso ya no parecía estar enojada.
–No tomaré ninguna otra alumna, estoy muy vieja ya. Quizás aquella chica tenga razón, entre estos libros no aprenderás lo que necesitas. Ve y estudia algo técnico. O si te interesa el piano en la ciudad hay un buen profesor. Resultará más provechoso para ti.
Eso me puso muy triste. Ella había aceptado como verdad aquel comentario malintencionado. Pero, ¿cómo podía aclararle que yo no era como esa persona? ¿Que yo sí quería escuchar sus clases y que quería ser como ella?
–Gracias por sus sugerencias. Lo de la carrera ya lo había pensado, pero lo del curso es imposible porque no tengo el dinero.
Debido a que ya no tenía ninguna alumna, y que el trabajo en la casa era poco, prescindió de mis servicios.
Quise salir de allí con una sonrisa de agradecimiento, pero mi corazón estaba muy triste porque había querido ser su “discípula” y ahora nunca lo sería. La vida me separaba una segunda vez de lo que quería porque yo no era “la elegida”. El Maestro es siempre quién elige a su Alumno, no al revés.
Me fui a mi casa, y al final del día cuando mi madre llegó me dijo que la señora me había enviado un reconocimiento monetario por mis años de servicio. Me había dado una cantidad muy generosa, exactamente la misma que necesitaba para estudiar piano.
Tiempo después me fui a una ciudad vecina para realizar estudios superiores por cinco años. Al culminarlos regresé a casa.
Un día fui a visitar a “mi maestra”.
–Buenas tardes.
–Buenas tardes, señora. He venido a saludarla y a traerle un obsequio.
Recibió mi regalo y me agradeció.
–Me da mucho gusto que ya te hayas graduado. Has aprendido mucho más de lo que hubiera podido enseñarte por mi cuenta. Estoy orgullosa de ti, pequeña.
Me invitó a pasar a la biblioteca. Muchas cosas estaban igual que antes, me sentí de nuevo como una niña. Era como un mundo mágico lleno de sabiduría.
–“El Baúl del Conocimiento”.
–¿Aún te acuerdas de eso?–, dijo y se echó a reír.
Recordamos muchas vivencias e inevitablemente el percance con su antigua alumna.
–Hay cosas que son inevitables, pero ya he perdonado a quienes me han herido.
Cambiamos de tema y me invitó a tocar el piano. También intercambiamos ideas para realizar juntas una melodía y nos divertimos mucho.
–¿Cuándo volverás?
–Pues si usted me invita regreso mañana mismo.
–Entonces te espero mañana.
Durante días estuvimos trabajando juntas.
–Poco es lo que puedo enseñarte ya, estoy bastante mayor.
–¿Qué dice? Hay mucho que puede enseñar todavía. He hecho más aquí en estos días que lo que podría haber hecho en dos años en otro lugar.
–Si quieres que te enseñe, entonces te enseñaré todo lo que aún pueda.
–“Cuando el Alumno esté listo, aparecerá el Maestro”.
–Yo quiero enseñarte.
–Y yo quiero aprender.
Fue entonces cuando comenzó a enseñarme hasta la edad de ochenta y cinco años.
Ella aún está aquí entre ustedes.
Y yo estoy acá con este micrófono contándoles la historia de cómo llegué a escribir este libro y las melodías de mi disco.
Aquella mujer que está allá sentada, con cabellos cortos dorados, con vestido elegante y con una sonrisa preciosa es mi Maestra.
Cuando yo tenía trece años aquel chico gritaba por las calles: “¡Yo he hecho todo solo! ¡A mí nadie me ha ayudado en nada!”. Hoy les digo que eso es mentira. Nadie hace nada solo, nadie.
Yo le debo mucho aquella mujer. Ella me inspiró a estudiar, a mejorar. Ha sido mi segunda madre. También les debo mucho a todas las personas que me enseñaron algo, por más pequeño que sea. Siempre habrá alguien que nos ayude a subir los escalones.
Mi Maestra y su Discípula me enseñaron lo que era y lo que no era, lo que debía y lo que no se debía. La pureza de la confianza de un cordero, y los dientes afilados de la traición de un lobo.
Es difícil volver a confiar cuando te han traicionado. Es duro darte cuenta que has compartido todo lo que eres, el tiempo que tienes, los recursos que te han costado tanto y que la otra persona no lo valore. Si alguien te ha enseñado algo respétalo, no importa que esté incompleto. Respeta la buena voluntad que ha tenido contigo. Respétalo porque te enseñó lo que tú antes no sabías.
La unión Maestro-Discípulo es sagrada. Si ya no te interesa continuar, si estás inconforme retírate con respeto, no con traición. La confianza es algo que se pierde una sola vez, porque jamás se recupera. Si no podemos ser leales a nuestra palabra, a nuestra amistad, a nuestro corazón, a nuestros padres… entonces nadie más será leal con nosotros.
Esta placa que tengo en mis manos es un reconocimiento que me hicieron por el libro y el disco, pero esto no es mío… es de ella.
Vamos a caminar hasta el lugar donde está mi Maestra. Y vamos a entregárselo.
Mi sendero un día parecía lejano,
lo descubrí cuando estuve tropezando.
Me dijiste no llores, levántate Lázaro
que Dios te quiere vivo, te quiere avanzando.
Creí perderme al borde en mi renuncia,
pero me alzaste los brazos para seguir en la lucha.
Hoy te Bendigo porque has sido mi guía,
te has osado a decirme que podía
A los obstáculos me hiciste enfrentar,
y me dijiste que me ayudarías en mi caminar.
Este tributo es para ti, Maestro-Maestra
porque tú confiaste cuando yo no lo hacía.
Me mostraste mil y un vivencias
desde el arte hasta la ciencia.
Yo tu Discípula y tú mi Maestra.
Yo la aprendiz y tú la que enseña.
Yo la que duda, pero vuelve avanzar.
Tú la que se queda cuando otros se van…
¡Gracias!
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
018.Mi Maestra y su Discípula.Colección Mi respuesta.Waldylei Yépez.docx
29/04/2007 12:13 a.m.
29/04/2007 03:46 p.m.