Migajas de un poeta
A los pies de la majestuosa Cúpula de Constantino nacía la Plaza de la Piedad. Las calles y paseos adjuntos estaban construidos con piedras grises debidamente talladas. Un monumental Obelisco estaba al centro de una vieja, seca y olvidada fuente. Todo el mundo conocía la plaza por ser la zona de espectáculos callejeros, algo de mercado negro y casa de vagos que dormían sobre los bancos.
Un personaje bastante conocido allí era el chico apodado “El Poeta” quien recitaba versos en busca de alguna limosna. A veces la conseguía, pero otras veces la gente le gritaba:
–¡Deja esa tontería de poeta! ¡Vete a trabajar! Bueno para nada…
Él no les hacía caso. Se decía a sí mismo que ya tenía un trabajo llevando encargos por la ciudad, y que las limosnas eran una platita adicional.
Vivía aquí o allá. Era un joven de la calle, pero esto le gustaba pues decía sentirse libre como las aves.
Cierto día mientras recitaba en La Piedad se quedó mudo e inmóvil. Quienes lo rodeaban se miraron entre ellos, se preguntaban si aquello formaba parte de su espectáculo. Entonces el poeta despertó de su letargo y dijo:
–¡He visto un ángel!
Algunos miraron en la misma dirección que el chico, y allí encontraron a una chica humilde con la mirada inocente. Tenía más o menos la edad del poeta.
Ella se sonrojó, sonrió y se retiró. Él siguió inmóvil. No pudo correr tras ella para hablarle.
Algunos años después se encontraron de nuevo. Esta vez él llevaba un encargo, y no supo qué hacer. Se preguntó si debía seguirla o llevar el paquete y cobrar el dinero para su comida. Estaba interesado en ella, pero su estómago tenía prioridad pues amor con hambre no dura. Se apresuró cuanto pudo, pero ella ya no estaba.
Un día el boticario le pidió al poeta llevar una medicina al apartamento 2073 de la calle 19 de Marzo. Se puso en marcha y llegó a un edificio viejo.
Tocó la puerta y se quedó mirando los alrededores. Alguien salió y él miró el papel que llevaba en su mano. Buscó el nombre que le había escrito el boticario, leyó y preguntó:
–Usted es…
Quedó impactado al ver a la persona.
–Helena. ¿Usted trae la medicina?
–¿Ah? ¡Ah sí! Sí, soy yo.
En ese momento ella tosió, llevaba semanas enferma. Él no supo qué hacer, le pasó la medicina y se quedó mirándola. Ella estaba muy pálida, como una flor marchita en un mundo de soledad. La chica se disculpó por no poder darle propina, apenas tenía un trozo de pan para dos días y ninguna moneda. Cerró la puerta y él se marchó.
Mientras el poeta caminaba se quedó pensando. Recordaba los planes que había hecho, porque se suponía que al volver a ver al ángel le iba a recitar versos hermosos, pero nada de eso pasó… ni siquiera le dijo cómo se llamaba.
«¡Tanto planear para qué!». Se culpaba mientras pateaba una lata.
Como ya sabía dónde vivía, regresaba cada noche al edificio y se sentaba en un banco. Desde ahí recitaba versos entre susurros mirando hacia la ventana del 2073. Al terminar sonreía, se decía a sí mismo que ella lo escuchaba y le gustaba.
Un día tuvo que escapar junto a “Lato”, que era otro chico de la calle, porque los policías le tenían los ojos puestos a los “vagos de La Piedad”. Se metieron entre edificios, mercados y pequeñas calles. De repente chocó con Helena y sin querer le tiró al piso unas verduras que había comprado.
–¡Oh! Disculpa, yo… yo…
Y empezó a recoger las verduras.
Ella sólo lo miró.
–¡Pero mírame nomás! ¡Qué linda jovencita!–, dijo el Lato.
Esto enfureció al poeta y lo empujó.
–¡No miréis lo que no será para ti! ¡Burro! ¡No echéis miradas al firmamento porque lo ofendéis!
La chica no dijo nada y se fue.
–¿Qué te pasa? ¡Vos ‘tas loco!–, gruñó Lato.
–¡Ella es mi ángel!
Acentúo aquellas palabras para que no se olvidaran. Lato se cayó de la risa.
–¿Qué decís?
–Ya lo habéis oído. Ella es mía. ‘tas advertido.
«¿Tuya? Ya lo veremos, amigo mío», pensó Lato y se quedó sonriendo.
Por la noche el poeta fue a visitarla. Tocó la puerta y como de costumbre se quedó mudo. Ella tenía un rostro angelical. Era como una reina para él. Lo que ella dijera sería una orden.
–¿Te puedo ayudar?
–Mi rosa… No he sabido qué decirte y aún no sé de qué hablarte. Sólo puedo asegurarte que me siento volar al contemplarte. Mis mejores ideas tú me has inspirado, sólo déjame posarme un momento a tu lado–, y se inclinó en una reverencia.
Helena quedó sorprendida. Se miraron nuevamente sin decir nada. Ella se puso colorada, y él le sonreía pues sentía que ambos se agradaban.
Así prosiguió su ida y venida al 2073. Aquel era un amor puro, limpio e inocente. Él nunca buscó más de lo que ella quisiera darle. Entendía que debía enseñarle algunas cosas de la vida, pero sabía que todo tenía su momento.
Cierto día estaban caminando a las afueras del Parque Real. Aquel era un sitio exclusivo, pero la misma belleza que se contempla adentro podía ser vista por detrás de las rejas.
De repente él se quedó mirándola.
–¡Hermosa!
–Sí, todo es muy bonito con sus árboles…
–No me refiero al paisaje sino a ti.
Se quedó sonriendo.
–¡Qué buena ha sido mi vida! He sido premiado con el mayor tesoro que es la felicidad.
Se acercó y le robó un beso.
–¿Me quieres?–, le preguntó ella con cierta timidez.
–Con todo mi corazón. Yo nunca te haré daño ni te dejaré sola.
–¿Me lo prometes?
–Sí, mi ángel.
Desde entonces se les vio juntos por la plaza y por las calles. Y también esperando el atardecer desde aquella ventana del 2073.
Un día Helena iba sola en busca de pan cuando a su paso salió Lato.
–¡Bonita, nos volvemos a ver!
Helena no dijo nada, pero su molestia se hizo notar. Aquel hombre la miraba de una manera reprochable. Quería alejarse de él, pero la perseguía. De repente, la tomó de los brazos y la besó. Aquello fue muy desagradable para ella. Era un beso sucio y repulsivo.
A mitad de aquella calle un corazón se rompía y se moría de celos. El poeta tenía una rosa en la mano. Para cuando Lato soltó a Helena, el poeta ya estaba en marcha hacia ellos con ojos llenos de furia. Lato al verlo prefirió huir. Helena trató de explicarle todo al poeta, pero él la calló en el acto. Tiró la rosa al suelo y la pisó en señal de desprecio. Dio media vuelta y se marchó. Corrió y Helena no lo alcanzó.
Se dice que ella lo esperó junto a unos trozos de papel durante años. Alguien dijo que el 2073 se enfermó de tristeza.
Mucho tiempo después se vio frente a aquel edificio a un viejo sentado sobre un banco. En sus manos llevaba algunos trozos viejos de papel. Tenía una barba muy blanca, ojos tristes y los labios sellados por el silencio.
Soltó aquellos pedazos de papel y la brisa los esparció. Se llevó bruscamente sus manos a la cara y lloró amargamente.
Luego compuso unos últimos versos:
“Allí estás triste poeta, entre tus migajas…
tus migajas de poeta”.
Lloró ante las migajas que terminó siendo. Poeta que amó y prometió, pero que nunca cumplió porque, según él, su amada le engañó.
Pidió ser comprendido y escuchado, pero fue egoísta porque él no comprendía ni escuchaba.
Poco dice la gente de aquel hecho. Sólo algunos logran recordarlo y contar su hallazgo. Todos ellos concuerdan al decir:
Un hombre viejo de barba blanca preguntó por aquel apartamento. Le dijeron que estaba vacío, pero él insistió en subir a ver. Al entrar se encontró con cosas viejas llenas de polvo y soledad.
Había una mesita cerca de la ventana, y sobre ella unos pedazos de papel. En uno se leía:
“Yo te quiero”.
En otro:
“¿Cuándo vas a volver?
Tú también me abandonaste cuando más te necesité”.
Y en un tercero:
“Lo prometiste…”.
Entonces aquel viejo tomó los pedazos de papel y salió de aquel lugar sin decir nada más.
Waldylei Yépez
Datos del archivo:
019.Migajas de un poeta.Colección Mi respuesta.Waldylei Yépez.docx
04/06/2007 05:27 p.m.