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Bienvenid@ a Waldylei Yépez by DarkisX.Com
domingo, 23 noviembre 2008 @ 06:19 CLST Sección Literatura−No tendré mucho frío. ¿Cuál es la dirección del viento?−¿Cómo quieres que lo sepa ...? −El se inclinó. −Sur. Muy bien. Esto dura, por lo menos hasta el Brasil. Fijóse en la luna, y se supo rico. Luego sus ojos bajaron hacia la ciudad. No la juzgó dulce, ni brillante, ni cálida. Veía ya derramarse la arena vana de sus luces. −¿En qué piensas? E1 pensaba en la bruma posible hacia Porto Allegro. −Tengo mi estrategia. Sé por dónde hay que dar la vuelta. Seguía inclinado. Respiraba profundamente, como antes de lanzarse, desnudo, al mar. −Ni siquiera estás triste... ¿Cuántos días estarás fuera? Ocho, diez días. No sabía. Triste, no; ¿por qué? Aquellas llanuras, aquellas ciudades, aquellas montañas... Le parecía que marchaba, libre, a su conquista. Pensaba también que antes de una hora poseería y desecharía a Buenos Aires. Sonrió: −Esa ciudad... muy pronto estaré lejos. Es hermoso marcharse de noche. Se tira de la manecilla de los gases, cara al Sur y, diez segundos más tarde, se invierte el paisaje, cara al Norte. La ciudad no es ya más que un fondo de mar. Ella pensaba en todo lo que es preciso desechar para conquistar. −¿No amas a tu hogar? −Sí que lo amo... Pero ya su mujer lo sabía en marcha. Esas espaldas pesaban ya contra el cielo. Ella se lo mostró: −Tendrás buen tiempo, tu ruta está tapizada de estrellas. E1 se rió: −Sí. Ella puso su mano sobre este hombro y emocionóse al sentirlo tibio: esta carne ¿estaba, pues, amenazada ...? −¡Eres muy fuerte, pero sé prudente! −Prudente, sí, claro... Rió de nuevo. Se vestía. Para esta fiesta escogía las telas más rudas, los cueros más pesados; se vestía como un campesino. Cuanto más tosco se hacía, más lo admiraba ella. Le ceñía el cinturón, tiraba de sus botas. −Esas botas me molestan. −He aquí las otras. −Búscame un cordón para mi lámpara de socorro. Ella le contemplaba. Reparaba el último defecto de la armadura: todo ajustaba bien. −Eres muy hermoso. Vio que se peinaba cuidadosamente. −¿Es para las estrellas? −Es para no sentirme viejo. −Estaré celosa... Rió aún, la besó, y la apretó contra sus pesados vestidos. Luego la levantó en vilo, como se levanta a una niña, y, riendo siempre, la acostó: −¡Duerme! Y, cerrando la puerta tras sí, dio en la calle, en medio del nocturno pueblo incognoscible, el primer paso de su conquista. Ella quedóse allí. Miraba, triste, las flores, los libros, la suavidad que para él no eran más que un fondo de mar. XI Rivière lo recibe: −Me gastó usted una broma en su último correo. Dio media vuelta cuando los«meteos»1 eran buenos; pudo haber pasado. ¿Tuvo miedo? El piloto, sorprendido, se calla. Frota, lentamente, sus manos, una contra la otra. Luego endereza la cabeza, y mira a Rivière en la cara. −Sí. Rivière, en el fondo, siente piedad por este muchacho, tan valiente, que tuvo miedo. El piloto trata de excusarse: −No veía absolutamente nada. Ciertamente, a lo lejos... tal vez... la T. S. H. decía... Pero mi lámpara de bordo se debilitaba, y no veía ya mis manos. Quise encender mi lámpara de posición para distinguir por lo menos el ala, no veía nada. Me sentía en el fondo de un gran agujero por el que era difícil remontarse. Entonces mi motor empezó a vibrar... −No. −¿No? −No. Lo hemos examinado. Está perfecto. Pero siempre se cree que un motor vibra cuando se tiene miedo. −¡Quién no hubiese tenido miedo! Las montañas me dominaban. Cuando quise tomar altura, encontré fuertes remolinos. Usted sabe, cuando no se ve ni pizca... los remolinos... En lugar de remontar, perdí cien metros. Ni siquiera veía el giróscopo; ni tampoco los manómetros. Parecióme que el motor disminuía de régimen, que se calentaba, que la presión de aceite menguaba... Todo eso en la oscuridad, como una enfermedad. Me alegró mucho el ver de nuevo una ciudad iluminada. −Tiene usted demasiada imaginación. Retírese. El piloto sale. Riviére se hunde en su sillón y pasa la mano por sus cabellos grises. «Es el más valiente de mis hombres. Lo que logró en esa noche es muy hermoso, pero yo lo libero del miedo ...» Luego, como le volviese una tentación de debilidad: «Para hacerse amar, basta compadecer. Yo no compadezco nunca, o lo oculto. Me gustaría mucho, no obstante, rodearme de amistad y de ternura humana. Un médico, en su profesión, las encuentra. Pero es a los acontecimientos a quien sirvo. Es, preciso que forje a los hombres para que los sirvan. ¡Qué bien siento esa ley oscura, durante la noche, en mi oficina, ante las hojas de ruta! Si me dejo ir, si dejo que los acontecimientos sigan su curso, entonces nacen misteriosamente los accidentes. Como si únicamente mi voluntad impidiera al avión estrellarse en pleno vuelo, o, a la tempestad, retrasar el correo en marcha. Me sorprendo, a veces, de mi poder.» Reflexionó aún: «Es claro, tal vez. Es como la lucha perpetua del jardinero sobre su césped. El peso de su simple mano rechaza al bosque primitivo, que aquélla prepara eternamente.» 1 Abreviación francesa de «partes meteorológicos». −Nota del Traductor. Pensó en el piloto: «Yo lo salvo del miedo. No es a él a quien atacaba, es, a través de él, a esa resistencia que paraliza a los hombres ante lo desconocido. Si lo escucho, si lo compadezco, si tomo en serio su aventura, creer volver del país del misterio, y sólo del misterio se tiene miedo. Es preciso que no haya más misterios. Es preciso que los hombres desciendan a ese pozo oscuro y, al remontarlo, digan que no han encontrado nada. Es preciso que ese hombre descienda al más íntimo corazón de la noche, en su espesura, sin siquiera esa pequeña lámpara de minero, que no alumbra más que a las manos o al ala, pero que aparta a lo desconocido a una braza de distancia.» No obstante, en esa lucha, una silenciosa fraternidad ligaba, en el fondo, a Rivière con sus pilotos. Se trataba de hombres de la misma contextura, que sentían el mismo deseo de vencer. Pero Rivière se acuerda de las otras batallas que ha librado para la conquista de la noche. Se temía, en los círculos oficiales, como a una maleza inexplorada, aquel territorio umbrío. Lanzar una tripulación, a doscientos kilómetros por hora, hacia las tormentas, las brumas y los obstáculos materiales que la noche contiene sin mostrarlos, les parecía una aventura tolerable para la aviación militar; se abandona un territorio en noche clara, se bombardea, se vuelve al mismo terreno. Pero los servicios regulares fracasarían en la noche. «Para nosotros −había replicado Rivière− es una cuestión de vida o muerte, puesto que perdemos, por la noche, el avance ganado, durante el día, sobre los ferrocarriles y navíos. » Con tedio, había oído hablar Rivière de estadísticas, de seguros, y, sobre todo, de opinión pública: «¡A la opinión pública −replicaba− se la gobierna!» Pensaba: «¡Cuánto tiempo perdido! Hay algo... algo que aventaja a todo eso. Lo que vive, lo atropella todo para vivir, y crea sus propias leyes, para vivir. Es irresistible.» Rivière no sabía cuándo ni cómo la aviación comercial abordaría los vuelos nocturnos, pero era preciso preparar esa solución inevitable. Rememora los tapices verdes ante los cuales, con la barba sobre el puño, había escuchado, con una extraña conciencia de fuerza, tantas objeciones. Le parecían vanas, condenadas de antemano por la vida. Y sentía su propia fuerza, recogida en él como un peso: «Mis razones pesan; vencer‚ −pensaba Rivière−. Es la inclinación natural de los acontecimientos. » Cuando se le reclamaban soluciones perfectas, que descartasen todos los peligros: «La experiencia es quien nos dar las leyes −respondía−; el conocimiento de las leyes no precede jamás a la experiencia.» Después de un largo año de lucha, Rivière había vencido. Unos decían «debido a su fe», los otros «debido a su tenacidad, a su potencia de oso en marcha», pero, según él, simplemente, porque gravitaba en la buena dirección. Pero, ¡cuántas precauciones en los comienzos! Los aviones no despegaban más que una hora antes de despuntar el día, no aterrizaban más que una hora después de la puesta del sol. Cuando Rivière se juzgó muy seguro de su experiencia, únicamente entonces, se atrevió a enviar los correos a las, profundidades de la noche. Apenas seguido, casi desautorizado, dirigía ahora una lucha solitaria. Rivière llama para conocer los últimos mensajes de los aviones en vuelo. XII Mientras tanto, el correo de Patagonia abordaba la tormenta, y Fabien renunciaba a evitarla con un rodeo. La juzgaba demasiado extensa, pues la línea de relámpagos se hundía en el interior del país, descubriendo fortalezas de nubes. Intentaría pasar por debajo, y si el asunto se presentaba mal, daría media vuelta. Leyó su altura: mil setecientos metros. Apoyó las manos sobre los mandos para empezar a reducirla. El motor vibró muy fuerte y el avión tembló. Fabien corrigió, al parecer, el ángulo de descenso; luego, sobre el mapa, verificó la altura de las colinas: quinientos metros. Para conservarse en margen, navegaría a los setecientos. Sacrificaba su altura como el que se juega una fortuna. Un remolino hizo cabecear al avión, que tembló muy fuerte. Fabien se sintió amenazado Por invisibles hundimientos. Soñó que daba media vuelta y que encontraba de nuevo cien mil estrellas, pero no viró ni un solo grado. Fabien calculaba sus posibilidades: se trataba de una tormenta local, probablemente, pues Trelew, la próxima escala, anunciaba un cielo cubierto en tres cuartas partes. Se trataba de vivir veinte minutos apenas, en ese negro hormigón. No obstante, el piloto se inquietaba. Inclinado a la izquierda contra la masa del viento, intentaba interpretar los confusos resplandores, que aun en las noches más espesas, se pueden percibir. Pero ni siquiera eran resplandores. Apenas cambios de densidad, en el espesor de las sombras, o una fatiga de los ejes. Desdobló un papel del «radio». «¿Dónde estamos?» Fabien hubiera dado mucho para saberlo. Respondió: «No lo sé. Atravesamos, con la brújula, una tormenta.» Se ladeó más aún. Se sentía molesto por la llama del escape, agarrada al motor como un penacho de fuego, tan pálida que el claro de la luna la hubiera extinguido, pero que en esta nada, absorbía el mundo visible. La contempló. Se había trenzado, apretada por el viento, como la llama de una antorcha. Cada treinta minutos, para comprobar el giróscopo y el compás, Fabien hundía su cabeza en la carlinga. No se atrevía a encender las débiles lámparas rojas, que lo cegaban por largo tiempo, pero todos los instrumentos, con cifras de rádium, derramaban una pálida claridad de astros. En medio de agujas y de cifras, el piloto experimentaba una seguridad engañosa: la de la cámara del navío sobre la que pasa el oleaje. La noche, y todo lo que traía de pedruscos, de ruinas azotadas, de colinas, corría también contra el avión con la misma asombrosa fatalidad. «¿Dónde estamos?», le repetía el operador. Fabien surgía de nuevo y reanudaba, apoyado en la izquierda, su vela terrible. No sabía cuánto tiempo, cuántos esfuerzos le librarían de aquellas cadenas sombrías. Dudaba casi de verse jamás libre de ellas, pues jugaba su vida sobre este pequeño papel, sucio y arrugado, que había desplegado y leído mil veces, para alimentar su esperanza: «Trelew: cielo cubierto en tres cuartas partes, viento Oeste débil.» Si Trelew estaba cubierto en sus tres cuartas partes, podrán distinguir sus luces por los desgarrones de las nubes. A menos que... La pálida claridad prometida más lejos lo impulsaba a proseguir; sin embargo, como las dudas le acuciaban, garrapateó para el «radio»: «Ignoro si podré pasar. Pregunte si detrás de nosotros continúa el buen tiempo.» La respuesta le dejó consternado: «Comodoro anuncia: La vuelta aquí, imposible. Tempestad.» Empezaba a adivinar la ofensiva insólita que, desde la cordillera de los Andes, se abatía hacia el mar. Antes de que hubieran podido alcanzarlas, el ciclón les arrebataría las ciudades. −Pregunte el tiempo de San Antonio. −San Antonio contesta: «Se levanta viento Oeste, tempestad hacia Oeste. Cielo cubierto cuatro cuartos.» San Antonio oye muy mal a causa de los parásitos. Yo también oigo mal. Creo que me veré obligado muy pronto a remontar la antena debido a las descargas. ¿Dar media vuelta? ¿Cuáles son sus proyectos? −Déjeme en paz. Pregunte el tiempo de Bahía Blanca. −Bahía Blanca contesta: «Prevemos, antes de veinte minutos, violenta tormenta Oeste sobre Bahía Blanca.» −Pregunte el tiempo de Trelew. −Trelew contesta: «Huracán, treinta metros segundo, Oeste y ráfagas de lluvia.» −Comunique a Buenos Aires: «Nos encontramos taponados por todos lados. Tempestad se cierne sobre mil kilómetros; no vemos nada. ¿Qué debemos hacer?» Para el piloto, esta noche no tenía ribera alguna, puesto que no conducía ni hacia un puerto (todos parecían inaccesibles), ni hacia el alba: la esencia se agotaría antes de una hora cuarenta. Así que se vería obligado, más o menos pronto, a descender como, un ciego, en esta espesura. Si hubiese podido aguantar hasta el nuevo día... Fabien pensaba en el alba como en una playa de arena dorada, donde habría encallado después de esta dura noche. Bajo el avión amenazado, nacería la ribera de las llanuras. La tierra tranquila habría llevado sus granjas dormidas, sus rebaños y sus colinas. Todas las amenazas que rodaban en la oscuridad, se volverían inofensivas. Si pudiese, ¡cómo nadaría hacia el día! Pensó que estaba cercado. Todo se resolvería, bien o mal, en esta espesura. Ciertamente. Algunas veces había creído, cuando amanecía, entrar en convalecencia. ¿Para qué sirve fijar los ojos en el Este, donde vive el sol? Había entre ambos tal profundidad de noche, que jamás podría remontarla. XIII −El correo de Asunción sigue sin novedad. Estará aquí dentro de dos horas. Prevemos, en cambio, un retraso importante en el correo de Patagonia, que se encuentra, al parecer, con dificultades. −Bien, señor Rivière. −Es posible que no lo esperemos para hacer despegar el avión de Europa: después de la llegada del de Asunción, nos pedirá usted instrucciones. Esté presto. Rivière releía ahora los telegramas de protección de las escalas Norte. Abrían el correo de Europa una ruta de luna: «Cielo limpio, luna llena, viento nulo.» Las montañas del Brasil limpiamente recortadas sobre la luminosidad del cielo, hundían en los remolinos plateados del mar sus espesas cabelleras de selvas negras: esas selvas, sobre las cuales llovía incansablemente, sin colorearlas, los rayos de la luna. Y en el mar, las islas también negras, cual restos errantes de naufragios. Y, a lo largo de toda la ruta, esa luna inagotable: un manantial de luz. Si Rivière ordenaba la salida, la tripulación del correo de Europa entraría en un mundo estable que, por toda la noche, luciría dulcemente. Un mundo donde nada amenazaba el equilibrio de las masas de luz y de sombra, donde ni siquiera se insinuaba la caricia de esos vientos puros, que, si arrecian, pueden estropear en algunas horas un cielo entero. Pero Rivière titubeaba, frente a esta luminosidad, como un buscador de oro frente a vedados campos auríferos. Los acontecimientos, en el Sur, desmentían a Rivière, único defensor de los vuelos nocturnos. Sus adversarios sacarían de un desastre en Patagonia una posición moral tan fuerte, que tal vez haría impotente en adelante la fe de Rivière; pero la fe de Rivière no había vacilado: una grieta en su obra habría permitido el drama, y el drama evidenciaba esa hendedura, pero no probaba nada más. «Tal vez sean necesarias, en el oeste, algunas estaciones de observación... Lo estudiaremos.» Pensaba además: «Mis razones para insistir son las mismas e igualmente sólidas; en cambio, he descartado una posible causa e accidentes: la que acaba de hacerse patente.» Los reveses robustecen a los fuertes. Desgraciadamente, contra los hombres se practica un juego donde entra muy poco en consideración el verdadero sentido de las cosas. Se gana o se pierde según las apariencias. Se marcan puntos miserables, y uno se encuentra atenazado por la apariencia de una derrota. Rivière llamó. −Bahía Blanca, ¿no nos comunica nada aún por T. S. H.? −No. −Llame por teléfono. Cinco minutos más tarde, se informaba: −¿Por qué no nos comunica nada? −No entendemos al correo. −¿No habla? −No sabemos. Demasiada tormenta. Incluso si transmitiese no lo entenderíamos. −Trelew, ¿les oye? −Somos nosotros los que no oímos a Trelew. −Telefonee. −Lo hemos probado: ha sido cortada la línea. −¿Qué tiempo hace ahí? −Amenazador. Relámpagos al Oeste y al Sur. Muy cargado. −¿Viento? −Débil aún, pero sólo por diez minutos. Los relámpagos se acercan a gran velocidad. Un silencio. −Bahía Blanca. ¿Escucha? Bien. Llámeme dentro de diez minutos. Rivière ojeó los telegramas de las escalas Sur. Todas señalaban el mismo silencio del avión. Algunas no respondían ya a Buenos Aires y, en el mapa, aumentaba la mancha de las provincias mudas, donde las pequeñas ciudades aguantaban ya el ciclón, con todas las puertas cerradas, y cada casa de sus calles oscura y tan aislada del mundo y perdida en la noche como un navío. Sólo el alba las libertaría. Sin embargo, Rivière, doblado sobre el mapa, conservaba aún la esperanza de descubrir un refugio de cielo puro, pues había pedido, por telegramas, el estado del cielo a la Policía de más de treinta ciudades de provincia, y las respuestas empezaban a llegarle. Sobre dos mil kilómetros, las estaciones de radio tenían orden, si una de ellas captaba una llamada del avión, de advertir en treinta segundos a Buenos Aires, que le comunicaría para retransmitirla a Fabien, la situación del refugio. Los secretarios convocados para la una de la madrugada habían ocupado de nuevo sus mesas. Allí se enteraban, misteriosamente, de que, tal vez, se suspenderían los vuelos nocturnos, y de que el mismo correo de Europa no despegaría antes de amanecer. Hablaban en voz baja de Fabien, del ciclón, y, sobre todo, de Rivière. Lo adivinaban allí, muy cerca, aplastado poco a poco por ese mentís de la Naturaleza. Pero todas las voces se apagaron: Rivière, en su puerta, acababa de aparecer, envuelto en su abrigo, el sombrero como siempre sobre los ojos, eterno viajero. Se dirigió, con paso tranquilo, hacia el jefe de oficina: −Es la una y diez; ¿est en regla la documentación del correo de Europa? −Yo... yo creí... Dio media vuelta, lentamente, hacia una ventana abierta, las manos cruzadas tras la espalda. Un secretario le alcanzó: −Señor director, obtendremos pocas respuestas. Se nos comunica que, en el interior, muchas líneas telegráficas han sido ya destrozadas. −Bien. Rivière, inmóvil, contemplaba la noche. Así, cada mensaje amenazaba al correo. Cada ciudad, cuando podía responder, antes de que las líneas fuesen destruidas, daba cuenta de la marcha del ciclón, como si se tratara de una invasión. «Viene del interior, de la Cordillera. Barre toda la ruta, hacía el mar...» Rivière juzgaba las estrellas demasiado brillantes, el aire demasiado húmedo. ¡Qué extraña noche! Se dañaba, bruscamente por placas, como la pulpa de un fruto luminoso. Las estrellas numerosas dominaban aún Buenos Aires, pero esto era sólo un oasis; y un oasis de un instante. Además un puerto fuera de radio de acción del avión. Noche amenazadora que un viento dañino picaba y pudría. Noche difícil de vencer. En algún lugar, un avión corría peligro en sus profundidades: ellos se agitaban, impotentes, sobre la orilla. XIV La mujer de Fabien telefoneó. La noche de cada regreso, calculaba la marcha del correo de Patagonia: «Despega en Trelew...» Luego se dormía de nuevo. Algo más tarde: «Debe de acercarse a San Antonio. Debe de ser sus luces ...» Entonces se levantaba, apartaba las cortinas, y consideraba el cielo: «Todas esas nubes le molestan ...» A veces, la luna se paseaba como un pastor. Entonces, la joven mujer se sentaba de nuevo, tranquilizada por aquella luna y aquellas estrellas, aquellos millares de presencias alrededor de su marido. Hacia la una, lo sentía próximo. «No debe de andar ya muy lejos. Debe ver a Buenos Aires ...» Entonces se levantaba, y le preparaba su cena y café muy calientes: «Hace tanto frío, allá arriba ...» Lo recibía siempre, como si descendiese de una cumbre nevada: «¿Tienes frío?» «No.» «Es igual; caliéntate ...» Hacia la una y cuarto, todo estaba dispuesto. Entonces telefoneaba. Esta, como las otras noches, se informó: −¿Ha aterrizado Fabien? El secretario que la escuchaba, se turbó algo: −¿Quién habla? −Simone Fabien. −¡Un momento...! El secretario, no atreviéndose a decir nada, pasó el auricular al jefe de la oficina. −¿Quién está ahí? −¡Ah ... !, ¿qué desea usted, señora? −¿Ha aterrizado mi marido? Se produjo un silencio que debió de parecer inexplicable; luego respondieron simplemente: −No. −¿Lleva retraso? Nuevo silencio. −Sí... retraso. −¡Ah ... ! Era un «¡Ah!» de carne herida. Un retraso no es nada... no es nada..., pero cuando se prolonga... −¡Ah ... ! ¿Y a qué hora estará aquí? −¿A qué hora estará aquí? No... no lo sabemos. Ella daba ahora contra un muro. Sólo obtenía el eco de sus propias preguntas. −Se lo ruego, ¡dígame! ¿Dónde se halla él ...? −¿Dónde se halla? Espere... Esa inercia le dañaba. Algo ocurría, tras aquel muro. Se decidieron: −Ha despegado de Comodoro a las diecinueve treinta. −¿Y luego? −¿Luego? Muy retrasado ... Muy retrasado a causa del mal tiempo... −¡Ah! El mal tiempo... ¡Qué injusticia, qué bribonada la de esa luna que se mostraba ostentosa y desocupada sobre Buenos Aires! La joven mujer se acordó de repente que apenas eran necesarias dos horas para ir de Comodoro a TreIew. −¡Y vuela desde hace seis horas hacia TreIew! ¡Pero les envía mensajes, a ustedes! Pero¿qué dice...? −¿Qué nos dice? Naturalmente, con semejante tiempo... Usted comprenderá ... esos mensajes no se entienden. −¡Con semejante tiempo! −Así, pues, señora, le telefonearemos en cuanto sepamos algo. −¡Ah! Ustedes no saben nada... −Buenas noches, señora... −¡No, no! ¡Quiero hablar con el director! −El señor director está muy ocupado, señora; se encuentra celebrando una conferencia... −¡Ah! ¡Me da lo mismo, me da lo mismo! ¡Quiero hablarle! El jefe de oficina se enjugó el rostro: −Un momento... Empujó la puerta de Rivière: −La señora Fabien, que quiere hablarle. «Eso −pensó Rivière−, eso es lo que temía.» Los elementos efectivos del drama empezaban a aparecer. Pensó primero eludirlos: las madres y las esposas no entran en las salas de operaciones. Se manda callar también a la emoción en los navíos en peligro. No ayuda a salvar a los hombres. No obstante, aceptó: −Conecte con mi mesa. Escuchó aquella pequeña voz lejana, temblorosa, y en seguida supo que no podría responderle. Sería estéril, infinitamente estéril para los dos, el enfrentarse. −Señora, se lo ruego, ¡cálmese! Es harto frecuente en nuestro oficio esperar noticias largo tiempo. Había llegado a esa frontera donde se plantea, no el problema de un pequeño peligro personal, sino el de la acción. Frente a Rivière se erguía, no la mujer de Fabien, sino otro sentido de la vida. Rivière sólo podía escuchar, compadecer a aquella voz, a aquel canto tan enormemente triste, pero enemigo. Pues ni la acción, ni la felicidad individual admiten particiones: están en conflicto, Esta mujer hablaba también en nombre de un mundo absoluto, y de sus deberes y de sus derechos. El mundo del resplandor de la lámpara doméstica sobre una mesa, de una patria de esperanzas, de ternuras, de recuerdos. Exigía su bien y tenía razón. Pero él, Rivière, también tenía razón, aunque no podía oponer nada a la verdad de esta mujer. E1 descubría, a la luz de una humilde lámpara doméstica, que su propia verdad era inexpresable e inhumana. −Señora... Pero ya no le escuchaba. Había caído, casi a sus pies, le parecía a él, luego de haber lastimado sus débiles puños contra el muro. Un ingeniero había dicho un día a Rivière, cuando se inclinaba sobre un herido, junto a un puente en construcción: «Ese puente, ¿vale el precio de un rostro aplastado?» Ningún labrador, para quienes aquella carretera se abría, hubiera aceptado, para ahorrarse un rodeo, mutilar ese rostro espantoso. Y, sin embargo, se construían puentes. El ingeniero había añadido: «El interés general está formado por los intereses particulares: no justifica nada más.» «Y, no obstante −le había respondido más tarde Rivière−, si la vida humana no tiene precio, nosotros obramos siempre como si alguna cosa sobrepasase, en valor, a la vida humana... Pero ¿qué?» Y a Rivière, pensando en la tripulación, se le encogió el corazón. La acción, incluso la de construir un puente, destruye felicidades; Rivière no podía dejar de preguntarse: «¿En nombre de qué?» «Esos hombres −pensaba− que van tal vez a desaparecer, habrían podido vivir dichosos.» Veía rostros inclinados en el santuario de oro de esas lámparas nocturnas. «¿En nombre de qué los ha sacado de ahí?» ¿En nombre de qué los ha arrancado de la felicidad individual? La primera ley, ¿no es precisamente la de defender esas dichas? Pero él las destroza. Y no obstante, un día, fatalmente, los santuarios de oro se desvanecen como espejismo. La vejez y la muerte, más implacables que él mismo, los destruyen. ¿Tal vez existe alguna otra cosa, más duradera, para salvar? ¿Tal vez hay que salvar esa parte del hombre que Rivière trabaja? Si no es así, la acción no se justifica. «Amar, amar únicamente, ¡qué callejón sin salida!» Rivière tuvo la oscura conciencia de un deber más grande que el de amar. O se trataba también de una ternura, ¡pero tan diferente de las otras! Evocó una frase: «Se trata de hacerlos eternos ...» ¿Dónde lo había leído? «Lo que vos perseguís en vos mismo muere.» Imaginó un templo al dios Sol de los antiguos incas del Perú. Aquellas piedras erguidas sobre la montaña. ¿Qué que daría, sin ellas, de una civilización poderosa que gravitaba con el peso de sus piedras, sobre el hombre actual, como un remordimiento? «¿En nombre de qué rigor o de qué extraño amor, el conductor de pueblos antaño, constriñendo a sus muchedumbres a construir ese templo sobre la montaña, les impuso la obligación de erguir, su eternidad?» Rivière se imaginó' aún a los habitantes de las pequeñas ciudades que, en el crepúsculo, dan vueltas alrededor de sus quioscos de música: «Esa especie de felicidad, ese arnés ...», pensó. El conductor de pueblos de antaño, tal vez no tuvo piedad por el dolor del hombre; pero tuvo una inmensa piedad por su muerte. No por su muerte individual, sino piedad por la especie que el mar de arena borraría. Y él conducía a su pueblo a levantar, por lo menos, algunas piedras que el desierto no había de sepultar. XV Este papel doblado en cuatro tal vez les salve: Fabien lo despliega, apretados los dientes. «Imposible entenderse con Buenos Aires. Ni siquiera puedo manipulara me saltan chispas en los dedos.» Fabien, irritado, quiso responder, pero cuando sus manos abandonaron los mandos para escribir, una especie de ola poderosa penetró en su cuerpo: los remolinos le levantaban, haciéndole oscilar, en sus cinco toneladas de metal. Renunció a escribir. Sus manos se afirmaron de nuevo sobre el oleaje, y lo dominaron. Fabien respiró profundamente. Si el «radio» remontaba la antena por miedo a la tormenta, le rompería la cara en cuanto hubiesen aterrizado. Costase lo que costase, era preciso entrar en contacto con Buenos Aires, como si, a más de mil quinientos kilómetros, se les pudiese lanzar una cuerda sobre este abismo. A falta de una temblorosa y casi inútil luz, como la lámpara de un albergue, pero que les habría gritado ¡tierra!, como un faro, les era preciso por lo menos una voz, una sola voz, llegada de un mundo que ya no existía. El piloto sacudió el puño en su luz roja, para dar a entender a su compañero esta trágica verdad, pero el otro, inclinado sobre el espacio devastado, con las ciudades enterradas y las luces muertas, no lo comprendió. Fabien hubiera seguido todos los consejos, mientras le fuesen gritados. Pensaba: «Si me dicen que dé la vuelta en redondo, daré la vuelta; si me dicen que marche hacia el Sur ...» En alguna parte estar n esas tierras pacíficas, tranquilas bajo las grandes sombras de la luna. Los camaradas, allá lejos, las conocían, instruidos como sabios inclinados sobre mapas, todopoderosos, al abrigo de las lámparas hermosas como flores. ¿Qué sabía él fuera de los remolinos y de la noche que lanzaba contra él su torrente negro a la velocidad de un derrumbamiento? No podían abandonar a dos hombres entre esas trombas y esas llamaradas que surgían en las nubes. No, no podían hacerlo. Ordenarían a Fabien: «Dirección doscientos cuarenta.» Y él tomaría esa dirección. Pero estaba solo. Le pareció que también la materia se sublevaba. El motor, a cada inclinación, vibraba tan fuerte, que toda la masa del avión se agitaba con un temblor furioso. Fabien, con la cabeza hundida en la carlinga, cara al horizonte del giróscopo, pues, afuera, no discernía ya a la masa del cielo de la de la tierra, consumía todas sus fuerzas en dominar el avión. Andaba perdido en una oscuridad donde todo se mezclaba: la oscuridad del origen del mundo. Las agujas de los indicadores de posición oscilaban cada vez más aprisa, haciéndose imposibles de seguir. El piloto, al que engañaban, se debatía mal, perdía altura, se hundía poco a poco en esa oscuridad. Leyó la altura «quinientos metros». Era el nivel de las colinas. Sintió que sus olas vertiginosas corrían hacia él. Diose cuenta también de que todas las masas del suelo, eran como arrancadas de su sostén, partidas a pedazos, y empezaban a dar vueltas, ebrias, a su alrededor. Empezaban a su alrededor una especie de danza que se estrechaba cada vez más. Tomó una resolución. Aun a riesgo de hincarse en el suelo, aterrizaría no importaba donde. Y, para evitar, al menos, las colinas, lanzó su único cohete luminoso, que se inflamó, revoloteó, iluminó una llanura y se apagó: era el mar. Pensó rápidamente: «Me he perdido. Cuarenta grados de corrección; he derivado enormemente. Es un ciclón. ¿Dónde se halla la tierra?» Viraba de lleno hacia el Oeste. Pensó: «Ahora, sin cohete, es seguro que me mato.» Pero un día u otro debía llegar la muerte. Y su camarada, allá detrás... «Ha remontado la antena, sin duda.» Pero ya no le guardaba rencor. Puesto que, si él mismo abriera simplemente las manos, la vida de ambos se escurriría inmediatamente, como vana polvareda. Tenía en sus manos el corazón palpitante de su compañero y el suyo propio. Y, de repente, sus manos le horrorizaron. Los remolinos de aire parecían golpes de ariete. El piloto, para amortiguar las sacudidas del volante, que habrían roto los cables de los mandos, se había agarrado a él con todas sus fuerzas. Y continuaba agarrado. Pero he aquí que no se sentía ya sus manos, adormecidas por el esfuerzo. Quiso agitar los dedos para percibir su mensaje: no supo si había sido obedecido. Era algo desconocido, como, vejigas de baldruche insensibles y blandas, lo que tenía al final de sus brazos. Pensó: «Es preciso imaginarme que aprieto con todas mis fuerzas...» No supo si el pensamiento había llegado hasta las manos. Pero como sólo percibía las sacudidas del volante por el dolor de sus hombros: «Se me escapará. Mis manos se abrirán...» Espantóse por haberse permitido tales palabras, pues creyó sentir a sus manos que, obedeciendo est vez a la oscura potencia de la imagen, se abrían lentamente, en la sombra, para entregarlo. Habría podido luchar aún, probar suerte: no hay fatalidad externa. Pero sí hay una fatalidad interior: llega un momento en el que nos descubrimos vulnerables; entonces las faltas nos atraen como un vértigo. Y fue en este instante cuando lucieron en su cabeza, en un desgarrón de la tormenta, como cebo mortal en el fondo de una masa, algunas estrellas... Juzgó que era una trampa: se ven tres estrellas por un agujero, se sube hacia ellas, y ya no se puede descender, se permanece allí, mordiendo las estrellas... Sin embargo, era tal su hambre de luz, que se remontó. XVI Se remontó, soslayando mejor los remolinos, gracias a los hitos que ofrecían las estrellas. Su pálido imán le seducía. Se había afanado tan largo tiempo, en la búsqueda de una luz, que no habría abandonado a la más confusa. Feliz por el fulgor de un albergue, habría revoloteado hasta la muerte, alrededor de esta señal, de la que estaba hambriento. Por eso ascendía hacia los campos de luz. Se elevaba poco a poco en espiral, por el interior del pozo que se había abierto y que se cerraba de nuevo a sus pies. A medida que ascendía, las nubes perdían su cenagosa oscuridad, pasaban contra él, como olas cada vez más puras y blancas. Fabien emergió. Su sorpresa fue extraordinaria: la claridad era tal que le cegaba. Por algunos segundos tuvo que entornar los ojos. Jamás hubiera creído que las nubes, que la noche, pudiesen cegar. Pero la luna llena y todas las constelaciones las convertían en olas resplandecientes. El avión había ganado, de un solo golpe, en el mismo instante de emerger, una calma que parecía extraordinaria. Ningún oleaje lo zarandeaba. Como barca que pasa el dique, entraba en las aguas abrigadas. Había penetrado en una región ignota y escondida del cielo, como la bahía de las islas venturosas. La tempestad, debajo suyo, formaba otro mundo, de tres mil metros de espesor, atravesado por ráfagas, trombas de agua y relámpagos, pero presentaba a los astros un rostro de cristal y de nieve. Fabien creyó haber arribado a limbos extraños, pues todo hacíase luminoso: sus manos, sus vestidos, sus alas. La luz no bajaba de los astros, sino que se desprendía, debajo suyo, alrededor suyo, de esas masas blancas. Las nubes, bajo él, devolvían toda la nieve que recibían de la Luna. Las de derecha e izquierda, altas como torres, hacían lo mismo. La luz era cual leche, en la que se bañaba la tripulación. Fabien, volviéndose, vio que el «radio» sonreía. −¡Esto va mejor! −gritó. Pero la voz se perdía en el ruido del vuelo: las sonrisas solas hablaban. «Estoy completamente loco −pensaba Fabien− por sonreír; estamos perdidos.» Sin embargo, mil oscuros brazos le habían desatado de sus cadenas como se desata a un prisionero al que se permite andar solo, por un tiempo, entre flores. «Demasiado hermoso», pensaba Fabien. Erraba entre las estrellas acumuladas con la densidad de un tesoro, en un mundo donde nada vivía fuera de él, absolutamente nada exceptoél, Fabien y su camarada. Semejante a esos ladrones de ciudades fabulosas, emparedados en la cámara de los tesoros, de donde no sabrían salir. Entre pedrerías heladas, erraban infinitamente ricos, pero condenados. XVII Uno de los radiotelegrafistas de Comodoro Rivadavia, escala de Patagonia, hizo un ademán brusco, y todos los que velaban, impotentes, en la estación, se agruparon alrededor de ese hombre y se inclinaron. Se inclinaban sobre un papel virgen y crudamente iluminado. La mano del operador titubeaba aún, y el lápiz se balanceaba. La mano del operador tenía aún las letras prisioneras, pero ya sus dedos temblaban. −¿Tormentas? El «radio» hizo «sí» con la cabeza. Sus chirridos le impedían entender. Luego anotó algunos signos indescifrables. Luego palabras. Luego se pudo restablecer el texto: «Bloqueados a tres mil ochocientos por encima de la tempestad. Navegamos rumbo Oeste, hacia el interior, pues habíamos derivado sobre el mar. A nuestros pies todo está obstruido. Ignoramos si volamos aún sobre el mar. Comunicad si la tempestad se extiende al interior.» A causa de las tormentas, para transmitir este telegrama a Buenos Aires tuvieron que hacer la cadena de estación en estación. El mensaje avanzaba en la noche, como fuego que se enciende sucesivamente. Buenos Aires mandó responder: «Tempestad general en el interior. ¿Cuánta esencia le queda?» «Media hora, aproximadamente» Y esta frase, de velador a velador, remontó hasta Buenos Aires. La tripulación estaba condenada a zozobrar antes de treinta minutos, en un ciclón que la arrojaría contra el suelo. XVIII Rivière medita. No conserva ya ninguna esperanza: esa tripulación naufragará en algún lugar, esta noche. Rivière se acuerda de una visión que había impresionado su infancia: se vaciaba un estanque para encontrar un cuerpo. No se encontrar nada tampoco, antes de que esta masa de oscuridad haya desalojado la superficie de la tierra, antes de que asciendan al día esas playas, esas llanuras, esos trigales. Sencillos labradores descubrirán tal vez a dos muchachos con el codo plegado sobre la faz, durmiendo, al parecer, varados sobre la hierba y el oro de un fondo apacible. Pero la noche les habrá ahogado. Rivière piensa en los tesoros sepultados en las profundidades de la noche cual en mares fabulosos... Esos manzanos nocturnos que esperan al día con todas sus flores, flores que no sirven aún. La noche es rica, colmada de perfumes, de corderos adormecidos, y de flores que no tienen todavía color. Poco a poco ascenderán hacia el día los gruesos surcos, los bosques mojados, la alfalfa fresca. Pero, en medio de las colinas, ahora inofensivas, de las praderas y de los corderos, en la sabiduría del mundo, dos muchachos parecían dormir. Y alguna cosa habrá pasado del mundo visible al otro. Rivière sabe que la mujer de Fabien es inquieta y tierna: este amor apenas le fue prestado, cual un juguete a un niño pobre. Rivière piensa en la mano de Fabien, que por algunos minutos posee aún su destino en los mandos. Esa mano que ha acariciado. Esa mano que se ha posado sobre un rostro, y ha cambiado a ese rostro. Esa mano que ha sido milagrosa. Fabien anda errante sobre el esplendor de un mar de nubes: la noche; pero, más abajo, est la eternidad. Marcha perdido entre las constelaciones que habita solo. Tiene aún al mundo en sus manos, y le inclina contra su pecho. Aprieta sobre el volante el peso de una a otra estrella, el inútil tesoro, que ser preciso entregar... Rivière piensa que una estación de radio lo escucha aún. Sólo una onda musical, sólo una modulación, une aún a Fabien con el mundo. Ni una queja. Ni un grito. Sino la nota más pura que jamás haya dado la desesperanza. XIX Robineau lo sacó de su soledad. −Señor director, he pensado... se podría intentar... No tenía nada que proponer. Pero testimoniaba así su buena voluntad. Hubiera deseado encontrar una solución, y la buscaba como la de un jeroglífico. Siempre encontraba soluciones que Rivière jamás escuchaba: «Ya lo ve usted, Robineau, en la vida no existen soluciones. Existen sólo piezas en movimiento: es preciso crearlas, y las soluciones vienen detrás.» También Robineau limitaba su acción a crear una fuerza en movimiento en la corporación de los mecánicos. Una humilde fuerza en movimiento, que preservaba de la herrumbre a los cubos de hélice. Pero los acontecimientos de esta noche encontraban a Robineau desarmado. Su título de inspector no poseía ningún poder sobre las tormentas, ni sobre una tripulación fantasma, que no se debatía en realidad por una prima de exactitud, sino para escapar a una sola sanción, que anulaba las de Robineau: la muerte. Y Robineau, ahora inútil, vagaba por las oficinas, sin ocupación. La mujer de Fabien se hizo anunciar. Traída por la inquietud, esperaba, en la oficina de los secretarios, que Rivière la recibiese. Los secretarios, a escondidas, alzaban sus ojos hacia este rostro. Experimentaba una especie de vergüenza, y miraba, temerosa, a su alrededor: todo aquí le era hostil. Esos hombres, que continuaban su trabajo, como si anduvieren sobre un cuerpo; esos expedientes donde la vida humana, el dolor humano, no dejaba otro residuo que el de las duras cifras. Buscaba señales que le hablasen de Fabien; en su casa, todo le recordaba esa ausencia: el lecho desembozado, el café servido, un ramo de flores... Aquí no descubría ninguna traza. Todo se oponía a la piedad, a la amistad, al recuerdo. La sola frase que oyó, pues nadie levantaba la voz ante ella, fue el juramento de un empleado, que reclamaba una factura: «... La factura de las dinamos, ¡santo Dios!, que expedimos a Santos.» Ella levantó los ojos sobre este hombre, con una expresión de infinita sorpresa. Luego, sobre la pared donde se desplegaba un mapa. Sus labios temblaban algo, apenas. Adivinaba, con embarazo, que representaba aquí una verdad enemiga, lamentaba casi haber venido, hubiera deseado esconderse, y, por miedo de que fuese demasiado reparada su presencia, retenía la tos y el llanto. Se descubría insólita, inconveniente, como desnuda. Pero su verdad era tan fuerte, que las miradas fugitivas venían, a escondidas, incansablemente, a leerla en su rostro. Esa mujer era muy hermosa. Revelaba a los hombres el mundo sagrado de la felicidad. Revelaba qué materia augusta se lastima, sin saberlo, al actuar. Bajo tantas miradas, entornó los ojos. Revelaba qué paz, sin saberlo, se puede destruir. Venía a interceder tímidamente por sus flores, su café servido. De nuevo, en esta oficina, más fría aún, su débil temblor de labios volvió a aparecer. También descubría su propia verdad, inexpresable, en este otro mundo. Todo lo que en ella se erguía de abnegación casi salvaje, por ferviente, le parcela tomar aquí un rostro inoportuno, egoísta. Hubiese querido huir. −Le molesto... −No me molesta usted, señora −le dijo Rivière−; desgraciadamente, ni usted ni yo podemos hacer otra cosa que esperar. Ella alzó débilmente sus espaldas; Rivière comprendió el sentido del gesto: «Para qué la lámpara, la cena servida, las flores, que voy a encontrar de nuevo...» Una joven madre había confesado un día a Rivière: «Aún no he comprendido la muerte de mi hijo. Son las pequeñas cosas las que son duras: sus vestidos, con los que me encuentro, y, si me despierto durante la noche, esa ternura, ya inútil como mi leche, que me sube sin embargo al corazón...» También para esa mujer la muerte de Fabien comenzaría apenas mañana, en cada objeto, en cada acto, ya vano. Fabien abandonaría lentamente su casa. Rivière silenciaba una profunda piedad: −Señora... La joven mujer se retiraba, con sonrisa casi humilde, ignorando su propia potencia. Rivière se sentó, algo sombrío. «Pero ella me ayuda a descubrir o que yo buscaba...» Golpeteaba distraídamente los telegramas de, protección de las escalas Norte. Meditaba: «No pedimos ser eternos; pedimos tan sólo no ver que los actos y las cosas pierden de repente su sentido. El vacío que nos en vuelve, se hace entonces patente...» Sus miradas cayeron sobre los telegramas: «Y he aquí por dónde se introduce, en nosotros la muerte: esos mensajes que carecen ya de sentido...» Contempló a Robineau. Ese muchacho mediocre, ahora inútil no tenía sentido. Rivière le dijo casi con dureza: −¿Es preciso que le dé yo mismo trabajo? Luego Rivière empujó la puerta que daba sobre la sala de los secretarios, y la desaparición de Fabien le sorprendió, evidente, por señales que la señora Fabien no había sabido ver. La ficha del «R.O. 903», el avión de Fabien, figuraba ya en el tablero mural, en la columna del material indisponible. Los secretarios, que preparaban los papeles del correo de Europa, sabiendo que, saldría con retraso, trabajaban mal. Desde la pista, pedían interrogaciones para las tripulaciones que, ahora, velaban sin objeto. Las funciones de la vida se habían hecho más lentas. «La muerte, hela aquí», pensó Rivière. Su obra se parecía a un velero averiado, sin viento, sobre el mar. Oyó la voz de Robineau: −Señor director... se habían casado hace seis semanas... −Váyase a trabajar. Rivière seguía contemplando a los secretarios, y, más allá de los secretarios, a los peones, a los mecánicos, a los pilotos, a todos aquellos que le habían ayudado en su obra, con fe de constructores. Pensó en las pequeñas ciudades de antaño, que oían hablar de las «islas» y se construían un navío. Para cargarlo con su esperanza. Para que los hombres pudiesen ver cómo su esperanza abría las velas sobre el mar. Todos engrandecidos, todos sacados fuera de sí mismos, todos libertados por un navío. «El objetivo, tal vez, nada justifica, pero la acción libera de la muerte. Esos hombres perduraban a causa de su navío.» Rivière luchaba también contra la muerte, cuando dé a los telegramas su pleno sentido, a las tripulaciones nocturnas, su inquietud, y a los pilotos, su objetivo dramático. Cuando la vida impulse esta obra como el viento impulsa un velero en el mar. XX Comodoro Rivadavia ya no oye nada; pero, a mil kilómetros de allí, a veinte minutos más tarde, Bahía Blanca capta un segundo mensaje: «Descendemos. Entramos en las nubes...» Luego esas dos palabras de un texto oscuro aparecieron en la estación de Trelew. «...ver nada...» Las ondas cortas son así. Se las capta allí, se es sordo a ellas aquí. Luego, sin razón alguna, todo cambia. Esa tripulación, cuya posición es desconocida, se manifiesta ya a los vivos, fuera del espacio, fuera del tiempo; y sobre las hojas blancas de las estaciones de radio son ya fantasmas que escriben. ¿Se ha agotado la esencia, o el piloto juega su última carta: encontrar tierra sin estrellarse? La voz de Buenos Aires ordena a Trelew: «Pregúntenselo.» La estación de escucha de T. S. H. parece un laboratorio: niqueles, cobres y manómetros, red de conductores. Los operadores de guardia, en blusa blanca, silenciosos, parecen inclinados sobre un sencillo experimento. Con sus dedos delicados tocan los instrumentos, exploran el cielo magnético, buscan la vena de oro. «¿No responde?» «No responde.» Tal vez van a captar esa nota que sería una señal de vida. Si el avión y sus luces de bordo remontan entre las estrellas, oirán tal vez el canto de esa estrella... Los segundos manan. Manan, en verdad, como sangre. ¿Dura aún el vuelo? Cada segundo arrastra una posibilidad. Por eso el tiempo que transcurre parece destruir. Del mismo modo que, a lo largo de veinte siglos, toca a un templo, prosigue su camino sobre el granito y entierra al templo en polvo, ahora, siglos de usura se agolpan en cada segundo y amenazan a una tripulación. Cada segundo se lleva algo. Esa voz de Fabien, esa risa de Fabien, esa sonrisa. El silencio gana terreno. Un silencio cada vez más pesado, que se tiende sobre esta tripulación como el peso de un mar. Entonces alguien advierte: «La una cuarenta. Ultimo límite de la esencia: es imposible que aún siga volando.» Y la paz se hace. Algo amargo y soso sube a los labios como en el término de un viaje. Algo se ha consumado de lo que nada se sabe, algo descorazonador. Ya entre todos esos niqueles y esas arterias de cobre, se experimenta la misma tristeza que reina sobre las fábricas destruidas. Todo ese material parece pesado, inútil, desafectado: un peso de ramas muertas. No hay más remedio que esperar el nuevo día. Dentro de algunas horas, surgir a la luz toda la Argentina, y esos hombres permanecerán allí, como sobre una playa, frente a la red de la que se tira lentamente, muy lentamente, y no se sabe lo que contendrá. Rivière, en su oficina, experimenta esa paralización que sólo permiten los grandes de sastres, cuando la fatalidad libera al hombre. Ha hecho ponerse alerta a la Policía de toda una provincia. No puede hacer nada más, es preciso esperar. Pero el orden debe reinar incluso en la mansión de los muertos. Rivière, con un gesto, llama a Robineau: −Telegrama para las escalas Norte: «Prevemos retraso importante del correo de Patagonia. Para no retrasar demasiado correo Europa, juntaremos correo Patagonia con próximo correo Europa. » Se dobla un poco hacia delante. Pero hace un esfuerzo y se acuerda de algo, que era grave. ¡Ah, sí! Y para no olvidarlo: −Robineau. −¿Señor Rivière? −Redacte una nota: Prohibición a los pilotos de sobrepasar las mil novecientas revoluciones: me destrozan los motores. −Rivière se dobla algo más. Necesita, ante todo, soledad: −Márchese, Robineau. Márchese, querido... Y Robineau se asusta de esta igualdad ante las sombras. Seguir leyendo...
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